La pasada semana asistí a unas jornadas sobre las revoluciones árabes que organizaba Comisiones Obreras. La verdad que una de las principales cuestiones a tratar era la participación de los sindicatos en las revueltas. Lo sindical no es un tema que me interese mucho, aunque soy de los que opina que de todo hay que saber en esta vida en la que el acceso al conocimiento es inmediato. Me llamó más la atención la participación de representantes sindicales de Túnez y Egipto, además de que habría una segunda parte más periodística.
El idioma no fue ningún problema: los traductores están muy extendidos a día de hoy. Tiramos de pinganillo. Hoy el mundo está muy próximo, la barrera idiomática pasó a la historia. Lo extraño es que no hubieran pensado en una videoconferencia, porque uno de los ponentes soltó su discurso y voló. Literal. Poco antes balbuceó algo que me dejó pasmado: “Las revoluciones árabes mataron a Bin Laden antes de que lo hicieran los americanos”. Vaya situación. Ahí tirado en un sillón de auditorio, mirando a un tunecino, escuchando a un traductor, apuntando ideas en un cuaderno y consultando internet en el móvil.
Los atentados del 11S han sido uno de los momentos que más me han marcado en mi corta existencia. Pensándolo rápido, creo que sólo lo superaría el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Sería por la edad. Diez años dan para poco más. Lo recuerdo como si fuera hoy. Disfrutaba de mis vacaciones clásicas con los amigos del pueblo: piscina y bicicleta. Pero ese verano estuve pegado dos días frente a esa vieja televisión de la cocina que no tenía mando. La distancia entre la pantalla y mis ojos no superaría el metro, algo típico en los niños. Allí contemplaba como miles de personas a lo largo de España se manifestaban con las manos pintadas de blanco. No cesaba de preguntar a todo el que se me acercaba buscando una respuesta que articulase mi cadena de porqués. Es lógico: era ingenuo.
Cuatro años después sucedió algo parecido. Tampoco quiero descubrir nada nuevo. Entonces ya no era un niño, era un imberbe que con catorce años no veía más allá de cinco metros. Contemplé con firmeza como las torres venían abajo. Ni me imaginaba todo lo que vendría después: el cambio de paradigma en las relaciones internacionales. Ahora uno no puede extrañarse.
Ya con barba, tuve la oportunidad de conocer el libro que más me ha hecho cambiar: Cartas contra la guerra. Un alegato contra la paz que el periodista italiano Tiziano Terzani completó en el final de su vida. Un libro cargado de amistad y bondad. Una lectura que nadie debe pasar por alto en estos tiempos que nos han tocado vivir. No paro de dar vueltas sobre una imagen. No entiendo por qué los norteamericanos salen a las calles para celebrar el asesinato de Bin Laden. Aquel septiembre fue terrible, apocalítptico. No lo pongo en duda. Pero, ¿ha cambiado algo? ¿Por qué no salen a manifestarse a favor de los derechos de sirios y libios? ¿Hemos vuelto al ojo por ojo? Retomaré la afirmación: “Las revoluciones árabes mataron a Bin Laden antes de que lo hicieran los americanos”. Yo quiero honrar a Terzani, aquel lejano maestro: “El mundo de hoy es terrible, sólo lo cambiaremos si cada uno de nosotros toma conciencia de que las causas de la guerra están dentro de nosotros: el deseo, el miedo, la inseguridad, la vanidad, el orgullo, etc.”. Ese 17 de diciembre de 2010 Bouazizi decidió que la mejor forma para protestar era inmolarse. Poco tiempo después moriría. No fue en vano.

Terzani en el ocaso de su vida (depaginas.es)